domingo, 22 de septiembre de 2013

Historias de Michael y Michelle


-22-

Atando cabos


A la mañana siguiente, me desperté sola en la habitación que James me había ofrecido la noche anterior. Acto seguido, aparté las sábanas y me levanté de la cama. Me asomé por la ventana, que tenía la misma vista que la habitación de Diane. 

Suspiré y me di la vuelta. A mi alrededor, a la luz del día, todo era muy James. Las paredes estaban pintadas de azul, un azul navy muy bonito. Le gustaba el mar. Cuando era pequeño, me dijo que tenía su habitación ambientada muy a lo marinero, y prueba de ello era la foto que había en un estante, donde se podía verle de niño, en los brazos de sus padres. Llevaba un sombrero blanco, una camisa al estilo de Popeye, y al fondo una marina que no alcanzaba a distinguir. Su madre era y sigue siendo una mujer muy hermosa y elegante. Su padre, que en aquel entonces, no llevaba bigote ni barba, lucía también muy guapo. 

En otro extremo, había un televisor enorme, un par de monitores, una caja con teclados, cables y mouses. En un rincón, descansaban dos tablas de surf recostadas sobre la pared. Era un hombre con muchas pasiones, mucha personalidad. También había un estante con libros sobre distintos temas: Informática, Sistemas Operativos, Sociedad, Historia… “Avances tecnológicos de los siglos XIX, XX y XXI” tenía una portada muy interesante. Lo tomé e inspiré su olor. Me gustaba el olor de los libros nuevos. Era embriagante, y es como si tomaras con tus sentidos la esencia de los autores. El libro parecía muy interesante. Hasta lo que alcanzaba a leer, tenía un tono digerible para todos aquellos que no pertenecemos a la élite informática. 
James era, a decir verdad, bastante inteligente. En clases le costaba concentrarse, pero era bastante hábil para la resolución de problemas y para la invención. Pensé en pedirle prestado este libro en particular cuando volviera a verle. 
-         -  ¿James? – Llamé asomándome por la puerta.

No hubo respuesta.

Supongo que se habrá ido a trabajar. Avancé hacia la cocina. Sobre la mesa, había una nota que decía “Te he dejado desayuno en el refrigerador. Sírvete lo que gustes. También te dejo un beso de buenos días. Espero que te sientas mejor. Hay aspirinas e ibuprofeno en la mesilla de noche por si te duele la cabeza o algo” Vaya… Qué detalle – Pensé. Tal vez lo hacía por razones obvias, pero percibía sinceridad en sus palabras. Abrí el refrigerador. Dentro había una bandejita de quesos, mermelada y frutas. Me encantaba el queso, y al parecer, James lo recordaba muy bien.

Me bañé, me puse la ropa de ayer, y antes de tomar algo de desayuno, decidí tomar el teléfono y llamar a Diane:
      - ¿Hola? – Respondió su voz melodiosa. 
      -  Hola Di, soy yo. 
      -  ¡Mich! ¡Por todos los cielos! Cómo estás? Hiciste algo ayer? – Preguntó pícaramente. 
      - Estoy bien, Diane. Subo en un rato, y no, no hice nada ayer. – Contesté con voz cansina. 
       - Bueno, bueno, pues date prisa, Aun así, quiero detalles. 
       - Y tú, cómo te sientes? – Le pregunté. 
       - Me duele mucho la cabeza nada más. Voy al trabajo un poco tarde hoy. Tengo tiempo de sobra para una buena dosis de chismes michellísticos
       -  ¡Por supuesto! – Reí.

Tomé desayuno, bebí un poco de jugo, lavé los platos, ordené la cama, doblé la camiseta que me prestó y garabatée un “Gracias” sobre la nota que me dejó sobre la mesa.

Una vez arriba, Diane y yo conversamos bastante sobre la noche anterior. Al cabo de una hora y unos minutos, resolvimos que me dejaría en el Belle Vue Hospital Center, en donde trabajaba nuestro amigo William Dewsbury.
-         -  ¿Segura que no necesitas que te acompañe? – Me preguntó Diane mientras aparcaba a Mr. Poppit, su Honda color rojo cherry.
-         - Descuida. No tardaré mucho. Además estás tarde. Luego te cuento – Contesté.       
    - Bueno, paso por ti al mediodía, si?
-         - De acuerdo. Muchas gracias, Di.
-         - No es nada, cariño. – Y dicho esto, me lanzó un beso al aire. 

Avancé por el pasillo amplio y abarrotado. El hospital era muy bonito, en realidad. Pregunté por William en la recepción, y me invitaron a sentarme a esperarlo. Habían fotografías del Belle Vue en el transcurrir de los años. Es un centro de salud muy conocido aquí, con muchas especialidades médicas. William se había graduado de Neurocirugٕía, y era verdaderamente un genio de la medicina.

      Al cabo de unos minutos, su figura masculina avanzaba hacia mí, abriendo los brazos de par en par.  

-  Vaya, ¡qué sorpresa tenerte de visita, Mich! – Exclamó al saludarme.

William era alto, rubio, de ojos grises y dueño de una de las dentaduras más resplandecientes que jamás he visto. Le quedaba muy bien el azul en su chaquetín de médico. Es un chico que se hace querer por todas las chicas, si temor a equivocarme o a exagerar.
-        -   ¿Cómo estás, William? – Dije, abrazándole.
-         -  Muy bien, y mejor aún que te veo ahora. – Dijo.
-          - No había vuelto a este hospital desde que la hermana de Diane enfermó hace un par de años. ¡Qué bonito está! ¿Contrataron decoradores? - Pregunté un poco animada.
-          - Algo así he escuchado. Ven, acompáñame a la cafetería. - Me dijo él.

Una vez allí, sin más rodeos, le conté todo lo que había pasado, sin obviar ningún detalle. Llegamos a la parte del paquetito blanco, que traía conmigo. William le echó un vistazo, lo olió sigilosamente, ajustó sus gafas y sentenció: 

-         -  Es cocaína. Y bastante pura me atrevo a decir. Al parecer no la han mezclado con más nada.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, y muchas preguntas se engendraron en mi cabeza: ¿Desde cuándo se drogaba Michael? ¿Por qué lo hacía? ¿Se consideraría ya un drogadicto? Di un sorbo largo a mi café, y le pregunté sobre los muchos efectos que podía tener la ingesta de este polvo en el comportamiento de las personas. Y muchas cosas comenzaron a encajar. Hablamos por largo rato, y al final, le agradecí por todo el tiempo que me dedicó en el transcurso de aquella mañana. 

Hacia el mediodía, Diane y Mr. Poppit esperaban por mí afuera, para llevarnos a casa. 

- Cuéntamelo todo. ¿Era lo que sospechábamos, verdad? – Preguntó ella sin más.   
- Sí. Pisa el acelerador. Te cuento todo mientras vamos de camino.- Le dije.
 

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